La oscuridad, ciertos animales o lugares e incluso seres inventados, como brujas o monstruos, suelen asustar a los niños. Aunque este temor a menudo desaparece con el tiempo, hay ocasiones en que se convierte en una fobia que llena de ansiedad y dificulta la relación de los niños con el mundo. ¿Qué pueden hacer los padres para ayudar?
A sus doce años de edad, Nicolás dedica buena parte de su tiempo libre a ayudar a sus padres con las labores del campo. Le gusta la vida en el rancho y se siente muy orgulloso al cosechar los productos que él mismo siembra. Su buen carácter le ha ganado muchos amigos en la escuela y en los ranchos vecinos: es un chico feliz… siempre que no estalle una tormenta. Basta que empiece a llover o que a lo lejos se escuchen truenos para que Nicolás sienta un miedo que va en aumento; de inmediato se cubre de sudoración y un temblor le recorre el cuerpo. Es más, pese a sus esfuerzos por controlar las lágrimas, en ocasiones estalla en llanto, sin importar quién esté a su alrededor.
Sus padres —Luis y Alicia— recuerdan que, si bien de pequeño le temía a la oscuridad, nunca sufrió como ahora ante las tormentas. Y el temor de Nicolás se convierte en pánico al escuchar truenos o descubrir centellas en el cielo. Por eso, los padres decidieron buscar la ayuda del médico.
—Peor aún, su angustia crece porque no quiere que la gente se dé cuenta de su miedo pero, al mismo tiempo, no
puede ocultarlo —explica Luis al médico. — ¿Debemos ignorarlo o hay algo que podamos hacer para ayudarlo, doctor? —pregunta Alicia. —El apoyo y la comprensión de los padres siempre son necesarios. Conocer el problema es el primer paso, el segundo es ayudar a Nicolás a vencerlo —dice el médico.
¿Cuál es la diferencia entre fobia y miedo racional?
Todos, desde los bebés hasta los ancianos, experimentamos miedos y ansiedad en algún momento. Y si bien a nadie le gusta sentir miedo, los temores son necesarios, pues protegen de riesgos reales. Por ejemplo, al enfrentarse a una situación desconocida o peligrosa, cierto grado de temor ayuda a mantenerse alerta y concentrado. Más aún, los temores infantiles ayudan a los niños a prepararse para manejar situaciones difíciles en la vida. Es natural sentir miedo ante el peligro; pero el miedo exagerado, irracional y persistente hacia algo que ofrece poco peligro real puede indicar la presencia de una fobia. A diferencia de los miedos pasajeros, las fobias son duraderas; causan profundo malestar psicológico e incluso físico; y afectan el funcionamiento de las personas en su trabajo y en su vida social.
En los niños, la causa de los miedos cambia a medida que crecen y su mundo se hace más amplio. Por ejemplo, es frecuente que los bebés lloren y se aferren a sus padres ante la presencia de desconocidos. Cuando tienen entre uno y dos años de edad, suelen llorar si la madre o el padre se ausentan. Entre los tres y los seis años, los miedos se originan por animales o seres fantasiosos, como monstruos, brujas y fantasmas. En cambio, a partir de los siete años, los niños sienten miedo de circunstancias que reflejan la realidad, por ejemplo, terremotos o inundaciones; o bien de ser motivo de burlas, como pudiera suceder en la escuela. Podría decirse que la anterior es la evolución natural del miedo, pero este se convierte en fobia cuando el temor se concentra en un objeto o situación; cuando es persistente, irracional y causa perturbación.
Tipos de fobias
La lista de fobias es enorme ya que casi todo lo que nos rodea puede convertirse en una causa de temor exagerado pero, a grandes rasgos, las fobias se agrupan en tres categorías:
Fobias sociales. Se expresan mediante una timidez exagerada y temor profundo a la crítica o al juicio negativo de los demás.
Fobias a espacios abiertos. También llamada agorafobia, se refiere al temor desmedido a un lugar que no permite escapar con facilidad, por ejemplo, un estadio deportivo con mucha gente o un centro comercial muy concurrido.
La intervención de los padres
Si bien gran parte de los miedos y las fobias infantiles desaparecen con el tiempo, vale la pena poner en práctica ciertos consejos en casa:
Hable de los miedos. No reste importancia a aquello que causa miedo a su hijo(a); evite que los demás lo ridiculicen o se burlen de sus temores. Si es necesario, hable de sus propios miedos en la infancia y de cómo los fue venciendo pero, sobre todo, escuche al niño(a) con atención.
No intente evitar la causa de angustia. Es prácticamente imposible retirar de su vida aquello que provoca la fobia (imposible eliminar las tormentas, los ascensores o el perro del vecino); además, evadirlos sólo refuerza la fobia, pues equivale a decir, “conviene evitarlo porque es una amenaza”. Por ejemplo, en vez de evitar todos los edificios con ascensores, pueden ir al centro comercial y sentarse con un helado frente a los ascensores y contemplar cómo la gente sube y baja, mientras da palabras de aliento a su hijo(a) para que juntos suban un piso solamente. Así podrá comprobar que no es una amenaza real y, poco a poco, ir venciendo sus miedos.
Respiración profunda y pensamientos positivos. Enseñe a su hijo(a) a relajarse y a respirar profundo, al tiempo que repite frases que aumenten su autoestima, como “Yo puedo con esto”. Un juego que ayuda a los pequeños a medir sus temores es calificar su miedo en escala de 1 al 10. Entre ambos pueden calificar la respuesta y escribirla con la fecha, en una tabla colocada en lugar visible. Esta técnica, que permite confrontar y calificar el temor, ayuda además, a imaginar que el miedo se deposita en la tabla, fuera de la persona.
¿Cuándo consultar al doctor?
Por fortuna, muchas de las fobias infantiles desaparecen con el tiempo y no requieren tratamiento médico; sin embargo, consulte al médico si:
la fobia dura más de seis meses;
la ansiedad se expresa con llanto prolongado o berrinches;
el (la) niño(a) evita a toda costa estar en situaciones sociales con personas desconocidas (por ejemplo, si se rehúsa ir a centros comerciales o a eventos deportivos concurridos);
la ansiedad se acompaña de alguna o varias de las manifestaciones siguientes: sudoración, palpitaciones, nausea, dolor de cabeza o estómago;
el (la) niño(a) no se da cuenta de que sus miedos son injustificados.
Si el médico determina que es necesario dar tratamiento, este generalmente se basa en una terapia conductual para enfrentar aquello que perturba, pero recuerde, un ingrediente muy importante en cualquier tratamiento para sus hijos es brindarles su comprensión y apoyo en todo momento.
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